Me llamo Jaime Gómez-Obregón. Hago cosas™️ con ordenadores, leo y escribo.
El mundo es un lugar extraño. Si a veces me cautivó; hoy me toma por cautivo. Tantos años intentando encajar en él… Escribí este texto roto, herido, mirando al abismo. Y ahora lo leo y dudo entre expiarlo aquí o guardármelo en las entrañas. Entre lo temerario y lo temeroso. Qué más da: no hay salida.
Hay un cómodo carril por el que casi todo el mundo transita: contrato laboral, sueldo fijo, boda, hipoteca, familia, suegros, Netflix, sábados en Carrefour. Yo he intentado hacer mi propio sendero, humildemente.
A los 23 años me enamoré de una chica. Simplemente la vi por la calle pasar, tal y como un ángel pasaría. Me volví con disimulo, sintiendo en ese mismo instante todas las punzadas del síndrome de Stendhal.
En enero estaba solo, roto y sediento de cielos nuevos. Acabé frente al 105 del bulevar Орце Николов de Skopje, en un discreto café que se llama Nadzak.
Acudí a la sede del banco en el Paseo de Pereda. Subí unas escaleras y llegué a un despacho amplio, donde me recibió un hombre muy cordial embutido en un traje con una corbata roja. Era el señor Fomperosa.
He cumplido ocho meses sin domicilio fijo. En este tiempo he estado en ocho países y he dormido al menos en 32 sitios diferentes. La mayoría surtidos del azar el mismo día. O de nuevas lealtades forjadas en el camino. Porque el plan es que no hay plan.
Pasé doce meses de hiperactividad concentrada en una personal parafilia: utilizar mis conocimientos de tecnología y bases de datos para provocar cambios positivos en el Estado y su Administración. Una disidencia divertida, gamberra y a veces al borde de la ley, pero siempre por el lado de dentro.
Europa avanza hacia la factura electrónica y el reporte fiscal digital en tiempo real. Y, con ello, hacia un control más estrecho de la morosidad y el fraude en el IVA. Dediqué unos días a estudiar los cambios en ciernes y visibilicé en las redes sociales la complejidad artificial que van a conllevar.
Alguien me hizo llegar la propuesta de Odón Elorza para «una red social pública y europea frente al populismo». Elorza tiene una dilatada carrera política, por lo que lo presupuse la elaborada reflexión de quien, desde tales atalayas, observa, medita y propone soluciones a los complejos problemas de nuestro tiempo. Erré de parte a parte.
I have achieved my teenage goal of freedom. I should have felt content, yet an unsettling sense of emptiness quietly began to take root within me. It took months to acknowledge it. Only when everything went dark was I able to see.
El mirador de La Corneja es un balcón al océano. Es el abismo. Es un sándwich que el cielo y el mar le hacen al horizonte y donde la Naturaleza derrocha, con una abundancia casi dolorosa, tanta belleza que parece que no dan abasto los sentidos. Allí la recogí y saltó a mi coche. Así conocí a Sofía.
Vi dos envases de un litro. Ambos aluden a la sostenibilidad del planeta y la preservación del medio natural. Pero tienen dimensiones diferentes. Me he preguntado cuál es más ecológico, cuál requiere menos materiales para hacer su función.
Cuánto bien nos haría, como país, una actitud «slow» en las políticas de digitalización que despliegan nuestras instituciones. Como en el «slow food» o en el «slow life», en esta reflexión propongo una «slow tech» que rebaje el efectismo, racionalice los riesgos y module las expectativas.
Un cóctel de curiosidad e instinto me llevó a explorar informáticamente las bases de datos de contratación pública. Para muchos, la más aburrida esquina del mundo. Una noche se me ocurrió cruzar esos datos con las listas de candidatos políticos. La onda expansiva todavía me sorprende.
Varios ayuntamientos y gobiernos de España han creado plataformas digitales para impulsar el comercio local después de la pandemia: una moto que no arranca, tal como disecciono en este reportaje coescrito con la periodista Mónica Redondo.
El máximo órgano de los jueces custodia, a través del CENDOJ, ocho millones de resoluciones judiciales. Pero solo permite el acceso individualizado y únicamente para «uso particular».
En 2021 invertí cuatro meses de trabajo en «La donación», un reto personal que aúna tecnología, datos, periodismo e investigación. Por razones de actualidad estoy presentando públicamente el proyecto estos días en varios medios y foros de periodismo.
Confronto aquí, cara a cara, dos experiencias escolares antagónicas que resonaron dentro de mí en dos momentos vitales muy diferentes. Son dos historias, y dos sentimientos.
Esta semana me concedieron el premio Blasillo de Huesca en el XXII Congreso de Periodismo de Huesca. Me invitaron a intervenir en la clausura y decidí aprovechar la ocasión para reclamar la liberación de los datos mercantiles y visibilizar la importancia de la ciencia de datos y los datos abiertos para la transparencia en el sector público. Este fue mi discurso en la clausura del Congreso.
Se extiende por los ayuntamientos españoles una rara fiebre entre alcaldes y concejales: la de unas plataformas de comercio electrónico financiadas con dinero público y abocadas al fracaso.
España necesita un diario de operaciones mercantiles efectivamente transparente y eficaz en la lucha contra la corrupción. Y la nueva ministra de Justicia debe tener la audacia de poner estos datos al servicio público.
Hoy he podido contar en la radio algunas de mis iniciativas aplicando tecnología y datos para la transparencia del sector público. Ha sido en el programa «Más de uno» de Onda Cero, invitado por Patricia Martínez-Lope, a quien agradezco mucho su genuino interés.
Utilizo constantantemente el diccionario. Me sirve para escribir con más rigor y descubrir palabras y significados nuevos. Y con el uso y el tiempo he ido acostumbrándome a las frecuentes y a veces crípticas abreviaturas que tiene en casi todas sus entradas. Acostumbrándome sin entenderlas.
Asistimos a un papel inédito de la tecnología en el empoderamiento de las revueltas sociales. ¿Son eficaces las leyes del siglo XX para las protestas del XXI?
Hoy recibí un cordial correo de la responsable de la sección de política económica del diario colombiano El Heraldo.
Las horas de nuestros días tienen sesenta minutos porque un comerciante babilónico se dio cuenta de cómo podía contar el género mucho más deprisa, en el estruendo de un día de mercado en Mesopotamia hace 4.000 años.
Cuando aquella chica puso Trieste en sus labios, disparó en mi cabeza un mecanismo de evolución neuronal que ha durado un millón de años y que reproduce rápidamente un «playback» de una canción idiota de Raffaella Carrà.