Días de 28 horas

« Cuando tenía 24 añitos modifiqué artificialmente mi ritmo circadiano. Me “fabriqué” una semana de 6 días de 28 horas cada uno. Mi intención era aumentar mi productividad y, sobre todo, hacer un experimento físico y psicológico de resultados impredecibles, era como aislarme del mundo sin abandonarlo totalmente.

Cada día dormía aproximadamente 9 horas con lo que restaban 19 para estar despierta intentando aprovechar el tiempo y observando en mi propio cuerpo y en mi propia mente el resultado del experimento. Por supuesto el tiempo siguió siendo el mismo, no había más tiempo, pero daba la sensación de que transcurría a otra velocidad. Cada día era mucho más largo pero tenía un día menos a la semana. Realmente aprovechaba mejor el tiempo, porque agrupando de esta manera las horas de sueño y de vigilia, los bloques de tiempo eran más largos y habían menos interrupciones y menos minutos perdidos en iniciar y parar actividades. Físicamente era más que soportable, me encontraba como nunca, con más energía y nada cansada. Incluso le puse nombre a mis nuevos días: Lunesmar, Tesmier, Colesjué, Vesvier, Nessaba y Dodomingo.

Pero la Tierra seguía girando con su velocidad habitual y todos los mortales que yo conocía seguían, más o menos, el ritmo del planeta. Psicológicamente empezaba a ser un poco insoportable. Por aquel entonces vivía en un piso de estudiantes en Salamanca y mi ritmo no coincidía con el de las demás chicas. Tenía que planificar bastante las salidas a la calle para la compra, el ocio, y me perdí algunas clases. »

El experimento de María.