Aprender y olvidar

Son conocidos los esfuerzos de Mark Twain por intentar aprender alemán. Desde la derrota saboreó la revancha con un pequeño ensayo titulado The awful German language (El horrible idioma alemán), quizás no mucho menos célebre que sus aventuras de Tom Sawyer.

Twain decía que algunas palabras alemanas son tan largas que hasta tienen perspectiva. «Esas cosas no son palabras. Son procesiones alfabéticas». Y cita tres ejemplos:

  • Freundschaftsbezeigungen.
  • Dilettantenaufdringlichkeiten.
  • Stadtverordnetenversammlungen.

Creo que las palabras tienen su propia personalidad. Y flash (inglés y universal) o la onomatopéyica kraskatu (rasgado en euskera) son chicas sinceras, transparentes. Son lo que vemos. En las antípodas del Stadtverordnetenversammlungen de Twain, que es más bien un señor grave y muy serio que viste siempre gabardina oscura.

Hace unos días estuve charlando con una persona que nació en… estooo… ¿cuál es la capital de Eslovenia? …Ah, sí; Ljubljana [ʎubˈʎʌna]. Luego he conocido a una chica que estudió arte en Trieste.

Trieste está en mi cabeza; existe en las coordenadas de mi universo. Es una palabra que llegó para quedarse: si la necesito, puedo silbarla y ella viene. Está siempre presente porque la recuerdo sin esfuerzo. Sin embargo, necesito un atlas, respirar hondo y contar hasta tres antes de evocar y escribir las seis consonantes de Ljubljana. Esta última es una señorita caprichosa. Una palabra eslovena que llega y se va, que se resbala entre los dedos.

Y ambas —Trieste y Ljubljana— son vecinas: apenas cien kilómetros las separan. Pero son señoras muy distintas. ¿Por qué recuerdo una, y la otra no? La grafía y una pronunciación cómoda ayudan, es cierto. Pero no reside ahí el secreto: la chica que estudió en Trieste también me hablaba de su estancia en un pueblo siciliano y… vaya, no consigo acordarme de cuál. Era pronunciable y fácil de escribir, pero se ha ido.

He vuelto con la imaginación al instante cero de aquellas dos conversaciones:

  • «He nacido en Ljubljana, Eslovenia.» — escuché el sábado.
  • «Estudié arte en Trieste, en el norte de Italia.» — me dijeron el lunes.

Y en mi cabeza Ljubljana entra por un oído y sale por el otro; cuando Trieste, en cambio, hace eco en mi cabeza y queda prendido en los mimbres del recuerdo. ¿Por qué ese caprichoso aprendizaje selectivo? He estado pensando en qué es lo que sucede en mi cabeza en ese instante preciso, efímero, exacto en el que salen a mi encuentro cada una de esas dos señoritas caprichosas. Tercera Ley de Newton:

Acción: Mi interlocutor pronuncia «Ljubljana» [ʎubˈʎʌna]

Reacción: Eclipse de sol en mi cabeza: negra oscuridad.
Acción: Mi interlocutor pronuncia «Trieste» [triɛsˈte]

Reacción:

«Com’è bello far l’amore da Trieste in giù
l’importante farlo sempre con chi hai voglia tu
e se ti lascia lo sai che si fa…
trovi un altro più bello, che problemi non ha.»
«Qué bonito es hacer el amor desde Trieste hacia abajo
Lo importante es hacerlo con quien quieras tú
Y si te deja ya sabes lo que hay que hacer…
búscate uno más guapo, que no tenga problemas.»

Raffaella Carrà. Tanti auguri (1978).

Cuando aquella chica puso Trieste en sus labios, disparó en mi cabeza un mecanismo de evolución neuronal que ha durado un millón de años y que reproduce rápidamente un playback de una canción idiota de Raffaella Carrà. No subestimemos el poder de las idioteces. Ni el de la Tercera ley de Newton. Aprendemos por acción y reacción.

Aunque me lo he repetido cien veces sigo confundiendo las palabras alemanas Scheibe (rebanada) y Schließen (cerrar). De lo que me costó aprender que amarillo se dice giallo en italiano, mejor no hablamos. Son para mí palabras vacías, señoritas aburridas que no disparan ninguna sinapsis idiota con vedette. Llegan y se van.

Sin embargo dunkel (moreno en la lengua de Goethe) todavía resuena en mi cabeza, porque recuerdo el momento preciso en el que lo aprendí, estoy oyendo aquella voz alemana de hace dos agostos diciéndome que me había puesto moreno después de un día de trabajo bajo el sol. Yo sentado, ella de pie. Dunkel, alles Klar.

Cuando surgen de los labios que se quieren, de los labios que se besan, hay palabras que se aprenden con los cinco sentidos.

«How do you say bird — pregunté una vez.

Era mediodía. Íbamos caminando del brazo por una calle de Pescara. Abrió una gran sonrisa, señaló las copas de los árboles y dijo gli uccellini! con los ojos llenos de alegría. No dijo uccello (pájaro). Dijo uccellini (pajarillos), lo recuerdo. ¿Cómo olvidarlo?