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Preguntas de un obrero que lee

¿Quién construyó Tebas, la de las siete puertas?
En los libros se mencionan los nombres de los reyes.
¿Acaso los reyes arrastraron las piedras?
Y Babilonia, tantas veces destruida,
¿Quién la construyó otras tantas? ¿En que casas
de Lima, la resplandeciente de oro, vivían los albañiles?
¿Adónde fueron sus constructores la noche que terminaron
la Muralla China?
Roma la magna está llena de arcos de triunfo.
¿Quién los construyó?
¿A quienes vencieron los Césares?
Bizancio, tan loada,
¿Acaso sólo tenía palacios para sus habitantes?
Hasta en la legendaria Atlántica,
la noche que fue devorada por el mar,
los que se ahogaban clamaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él sólo?
César venció a los galos;
¿no lo acompañaba siquiera un cocinero?
Felipe de España lloró cuando se hundió su flota,
¿No lloraría nadie más?
Federico Segundo venció en la Guerra de Siete Años,
¿Quién más venció?

Cada página una victoria
¿Quién guisó el banquete del triunfo?

Cada década un gran personaje.
¿Quién pagaba los gastos?

Tantos informes,
tantas preguntas.

Bertold Brecht, 1898 - 1956.

¿Por qué tienen las horas sesenta minutos?

Durante muchos siglos la hora era función de la posición de los astros en el cielo. Y aún hoy decimos que es mediodía, la mitad del día, cuando el Sol está en el punto más alto de la trayectoria que dibuja por la bóveda celeste.

Para las horas o la medición de ángulos en grados utilizamos el sistema sexagesimal, es decir, dividir el todo en 60 partes. Así, tenemos horas de sesenta segundos y grados de sesenta minutos. Cuando menos es curioso, porque el sistema sexagesimal es muy poco práctico y matemáticamente un pequeño disparate.

A veces las preguntas más sencillas («¿por qué tienen las horas sesenta minutos?») esconden respuestas hermosas: Dicen que el sistema sexagesimal proviene de la antigua Babilonia, donde los comerciantes, en el mercado, contaban mediante un sistema singular.

Oponiendo el pulgar de la mano derecha sucesivamente a cada una de las tres falanges articuladas de cada uno de los otros cuatro dedos libres. Con cuatro dedos y tres falanges en cada uno se puede contar hasta doce. Entonces alzaban un dedo de la mano libre y repetían la cuenta. Y cinco veces doce son 60.

Es un sistema ingenioso. Y seguramente más capaz que la más evidente numeración en base diez, una por cada dedo, de la mayoría de las culturas occidentales. Los antiguos vascos, como los franceses, tienen una base de numeración más singular: 20. Quizás también contaban con los dedos de los pies.

Los días de nuestros meses tienen 24 horas porque así son divisores de 60, es decir, un número cómodo. Las horas de nuestros días tienen sesenta minutos porque un comerciante babilónico se dio cuenta de cómo podía contar el género mucho más deprisa, en el estruendo de un día de mercado en Mesopotamia hace 4.000 años.

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