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Qué listo es

« …ay, mi Jonathan, qué majo es. Y qué listo. Tiene apenas 13 años y es un crío la mar de espabilado. Ha dejado siete para septiembre, ¡pero no veas cómo juega al fútbol!… »

— Fragmento de una conversación escuchada en el pasillo de un hospital.

Mucho cuidado

Julen askatu!

« Me ha contado mi abogado
que si no quiero ir al trullo,
he de poner mucho cuidado
en no juntarme con capullos. »

Esclarecido, Extremoduro (1998).

Ostalgia

La ostalgia no es un neologismo con errata, ni un dolor o un padecimiento hermano de la lumbalgia o la neuralgia. Es la intersección entre Ost y Nostalgie: el cruce de caminos entre la nostalgia y la vida en el Este soviético cuando en tu idioma Este se dice Ost.

Es lo que tienen las revoluciones, que destruyen Estados y construyen palabras. Aunque sean revoluciones sin fusiles, como la que acabó con Checoslovaquia, o con claveles en los fusiles, como el 25 de abril portugués. Y así es como llegó la Ostalgie al diccionario alemán: para ocupar el espacio que la antigua República Democrática Alemana, la RDA, dejaba en la vida y en los recuerdos de 16 millones de alemanes orientales.

Nostalgia de los productos cotidianos y de la vida que se vivía en la Alemania de la influencia comunista. De los Trabbi, del seguro social, del detergente Spee, los cigarrillos Karo o de la cerveza Radeberger. De todas esas cosas que se ven en «Good bye, Lenin!». Y naturalmente de la música del Este, porque no podría haber Ostalgie sin Ostmusik.

Una de “las otras bandas” (die anderen Bands) —como se conocía en la RFA a los músicos orientales de los años 70— compuso una canción de la que se escucha apenas un fragmento en “La vida de los otros” (Das Leben der Anderen). Se titula «Stell dich mitten in den Regen», algo así como “Aguarda en medio de la lluvia”, y con algún que otro problema (vielen Danke, Friederike und José Luis) conseguí hacerme con el nombre de la banda —Bayon—, la canción y las letras:

Stell dich mitten in den Regen,
glaub an seinen Tropfen Segen.
Spinn dich in das Rauschen ein
und versuche gut zu sein.

Stell dich mitten in den Wind
glaub an ihn und sei ein Kind.
Lass den Sturm in dich hinein
und versuche gut zu sein.

Stell dich mitten in das Feuer,
glaub an dieses Ungeheuer
in des Herzens rotem Wein
und versuche gut zu sein.

Sitúate en medio de la lluvia,
cree en la bendición de la las gotas.
entra en el murmullo
e intenta ser bueno.

Sitúate en medio del viento,
cree en él y sé un niño.
Deja que la tormenta te penetre
e intenta ser bueno.

Sitúate en medio del fuego,
cree en este ogro
en el corazón del vino rojo
e intenta ser bueno.

El texto es de Wolfgang Borchert, un soldado alemán de 19 años que escribía poemas y se interesaba por el teatro. Al estallar la Segunda Guerra Mundial fue enviado al frente francés, donde resultó herido en una mano. Después de muchos problemas con la Gestapo y con los nazis desertó de la batalla para regresar a Hamburgo caminando (unos 600 kilómetros). Allí siguió escribiendo y actuando, mientras sus problemas con la Wermacht crecían, conociendo la cárcel. Murió con 26 años de una hepatitis contraída en la batalla.

FUD

A veces me acuerdo de esta cita que leí por ahí: “S’il est un homme tourmenté par la maudite ambition de mettre tout un livre dans une page, toute une page dans une phrase, et tout une phrase dans un mot, c’est moi”. Ahora acabo de encontrar el texto que transcribo a continuación en la sección de Cartas al Director de un periódico nacional, y esa maldita ambición de intentar condensar un párrafo en una frase y una frase en una sola palabra ha vuelto a golpearme de nuevo. No debería leer la prensa:

« Me cuesta creer que el Gobierno catalán multe si se ponen los letreros de una tienda en castellano, siendo un país libre. Eso es empequeñecerse. En Suiza, por ejemplo, hay tres cantones, alemán, francés e italiano. Y todos los letreros de cualquier cosa están en los tres idiomas y, por supuesto, si entras en un bar o en una tienda de cualquiera de los tres, te atienden en el idioma que tú te expreses. Cualquier cantón está dispuesto a todo. Eso es cultura y lo demás retraso. Yo no soy catalana, pero quiero con locura a Cataluña, por muchos motivos. Pero con eso de que se encierren sólo en el catalán no estoy de acuerdo. Yo estoy aprendiendo catalán y me esfuerzo por hablarlo. Y noto cómo cada día, mejoro un poco y me da mucha alegría. Además sueño con que la lengua catalana sea cada día una lengua más abierta. »

— Cristina González Herrera, Barcelona.

Y la palabra que resume esta carta es FUD, es decir, Fear, Uncertainty and Doubt, «miedo, incertidumbre y duda»: intentar influir en el lector diseminando información incorrecta, inexacta o sesgada disfrazada de razonamiento coherente. FUD: Cuánta sabiduría en tan sólo tres letras.

Por poner un poco de orden en la carta que irresponsablemente acaba de publicar uno de los diarios nacionales más importantes:

  1. En Suiza no hay tres cantones, sino veintitrés. Hay cuatro -y no tres- idiomas oficiales: alemán, francés, italiano y romance. Las cuatro lenguas no son, ni mucho menos, omnipresentes en Suiza: algunos cantones son oficialmente bilingües, y sólo el cantón de Grisones es institucionalmente trilingüe, pero no en todas partes se hablan todos los idiomas indistintamente, como es natural. Al igual que en casi todo el mundo, tampoco en Suiza existe esa imposible correspondencia exacta entre las lenguas oficiales y lenguas que se hablan en la calle. Sólo este argumento tira ya por tierra casi toda la argumentación de la carta que cito.

  2. El Gobierno de Cataluña no sanciona a los comercios “que ponen los letreros de sus tiendas en castellano“, sino sólo a aquellos que no lo hacen en catalán. No es lo mismo: ni siquiera es parecido. Es más, es muy diferente. El Capítulo V de la Ley de Política Lingüística de Cataluña establece que:

    « La señalización y los carteles de información general de carácter fijo y los documentos de oferta de servicios para las personas usuarias y consumidoras de los establecimientos abiertos al público deben estar redactados, al menos, en catalán. »

    Parece más una decisión de economía lingüística que un intento de “encerrarse en el catalán“, como sugiere la carta. El espacio en carteles y rótulos es limitado, y al fin y al cabo el catalán escrito puede entenderse sin mucha dificultad por cualquier persona mínimamente hábil y que conozca algo de castellano, italiano o francés. Esto no es así, por ejemplo, en el País Vasco, donde la señalización ha de ser forzosamente bilingüe en este supuesto, porque el euskera no es fácilmente inteligible para quien, aún conociendo otros idiomas europeos, no esté familiarizado con él. Así, leer «Norabide guztiak» en la autovía no es muy clarificador para quien no sepa vasco.

    La cooficialidad de las dos lenguas en Cataluña y la salvaguarda de los derechos de ambas comunidades lingüísticas están suficientemente claras en ese mismo artículo 32:

    « Las empresas y establecimientos dedicados a la venta de productos o a la prestación de servicios que desarrollan su actividad en Cataluña deben estar en condiciones de poder atender a los consumidores y consumidoras cuando se expresen en cualquiera de las lenguas oficiales en Cataluña. »

  3. Reforzar una tesis falsa con grandes palabras como que “es un país libre” simplemente no cuela. En los países libres también se respetan las leyes. Y esta, en concreto, lleva casi diez años en vigor. Cristina dice que en Suiza “te atienden en el idioma en que tú te expreses“, y que “eso es cultura y lo demás es retraso“. La legislación catalana dice exactamente eso mismo: que cualquiera puede expresarse en cualquiera de las lenguas oficiales.

    Como en cualquier cantón suizo.

jaime@.borrame.gomezobregon.com